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Palabra en Pie - Dicción Desnuda

Gabriel Cisneros Abedrabbo
Recorro los versos de Andrés Hermann, avenida de grafías transmutando del fuego poético al crisol existencial que la humanidad ha buscado desde el principio de su memoria. Su Ópera Prima parte de la levedad en la deconstrucción del amor, el erotismo y los demonios internos, en la no entendida tarea de ponerle nuevos nombres a las cosas. Quizá hay mucho más en la poesía, en su capacidad de signar, de dar calor, de dejarnos temblando e indefensos en los dos ritos fundamentales de su existencia: Crear, que es dejar una impronta del mismo dolor que todos sienten, vencer la levedad que cuestiona a todo autor que la busque con honestidad; y, el ceremonial maravilloso, leerla, adivinar el desgarramiento o la felicidad que la hicieron susurro sobre el tiempo y la tierra.
Hermann inicia el texto con un título escondido en las dialécticas filosóficas de los ancestros de Occidente. ‘Anamnesis’ plantea la hipótesis de que es irrenunciable volver al pasado para enfrentar y sobrevivir a un presente-futuro donde lo efímero se vuelve tan común que asusta. El poeta lo sabe y en su primer ensayo público se resiste, marca las pistas de un ser que está dispuesto a sobrevivir en el oficio de escribir.
A partir de la primera declaratoria, las palabras son arrastradas con ternura, en unos casos, y con violencia, en otros, a la furia del amor, al manto doloroso de la carne próxima lloviendo dentro y fuera del ser, cruces donde cada caricia tiene su propio calvario, como las que se siembran en una mujer muerta que se la disputa al barquero del tártaro, Caronte. Siento la muerte como una tormenta, en la que también ha naufragado en su breve existencia, quien hoy pretende ungirse como poeta. Es necesario decir que en ninguna manifestación creativa de la humanidad ha sido posible trascender sin el dolor y la muerte como mazo y cincel del alma humana, en medio de ellas el eros como bálsamo o como horca, porque a veces flotamos en el cuerpo del ser amado o veces morimos en él.
La lectura me va llevando a un destino que si bien no siempre logra el equilibrio en el pulimento de la obra, da claras señas de un obrero que si persiste en sus esfuerzos será capaz de levantar catedrales, tal vez como aquellas de la edad media que perviven con un espectro de misterio, contando historias que no siempre llegan al mismo final. Andrés, hoy oficiamos en la iniciación de tu ser poeta. Lo hacemos en la seguridad de que en ti hay la metáfora que hace del hombre poeta y del poeta esperanza.
Quiero terminar esta exploración íntima frente a la lectura De la levedad, de Andrés Hermann, reconociendo el gran trabajo realizado por editorial El Ángel, que es sin duda el mayor emprendimiento independiente en la publicación de poesía en Ecuador.
Buenos vientos, Andrés, y que tu voz poética tenga la fuerza para sobrevivir tu levedad humana en la obsesión y tenacidad de tus esfuerzos.
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