Otras Publicaciones
Cuentos de un niño para niños
Bicéfalos. Poesía de dos océanos
Diálogos sobre el colapso 2042
Historia de la Cirugía en Quito
2050 Una aventura de 7 futuros posibles
Benemérita y Respetable Logia Simbólica Ley Natural n.º 1, su historia en la masonería ecuatoriana.
Eugenio espejo Médico y Prócer 1747 – 1795
Gonzalo Tixi Ramírez, autobiografía de un ser virtuoso
Azul Equinoccial III
Piel de Mujer y Otras pasiones
Hay libros que nacen con la prisa de su tiempo y otros —como este— que parecen haber aguardado durante años el instante preciso de su respiración pública. La poesía de Edgar Jiménez Sarzosa pertenece a esta última estirpe: la de los textos escritos en voz baja, bajo la persistencia de una intimidad que no busca deslumbrar, sino permanecer. Cada poema, aquí reunido, es el vestigio de una larga conversación consigo mismo, con el amor, con la memoria y con las pequeñas pérdidas que van modelando el rostro de los días.
Estas páginas no responden al impulso de la moda ni a la urgencia editorial. Hay, más bien, una fidelidad paciente al lenguaje y a la emoción. Jiménez Sarzosa escribe desde una conciencia afectiva que reconoce en lo cotidiano una materia digna de revelación. Sus poemas se levantan sobre escenas mínimas: una mirada, un cuerpo recordado, la música de una tarde antigua, la humedad del deseo o la nostalgia que regresa, silenciosa, como un animal doméstico.
El poeta sabe que toda memoria es también una forma de herida. Por eso su escritura no intenta restaurar el pasado, sino recorrerlo con la lucidez de quien comprende que los años sobreviven apenas en ciertos nombres, ciertos gestos y ciertas sombras. La adolescencia —esa comarca vulnerable y luminosa— aparece en estos textos como un territorio donde aún palpitan el descubrimiento del cuerpo, la incertidumbre amorosa y el asombro frente al mundo.
Hay en estos poemas una sensibilidad que se niega al artificio excesivo. El poeta desconfía de la retórica vacía y prefiere la cercanía de una palabra que conserve el temblor humano. Su lenguaje, aparentemente sencillo, está atravesado por una intensa carga emotiva: cada verso parece escrito desde la necesidad de fijar aquello que inevitablemente desaparece. En esa búsqueda, la poesía se convierte en una forma de permanencia.
El amor ocupa aquí un lugar central, aunque no como celebración ingenua, sino como experiencia contradictoria y profundamente humana. El amor es deseo, ausencia, piel, desvelo y recuerdo. A veces aparece encarnado en el erotismo; otras, en la melancolía de lo perdido. Pero incluso en sus momentos más íntimos, estos poemas conservan una dignidad emocional que evita el exceso confesional y privilegia la sugerencia.
Piel de mujer y otras pasiones El erotismo que atraviesa el libro no responde a una provocación superficial. Es, más bien, una forma de conocimiento. El cuerpo amado se vuelve un espacio de contemplación, una geografía donde la memoria deja señales indelebles. Comprende que el deseo también es una forma de lenguaje y que la piel puede guardar aquello que las palabras no alcanzan a decir completamente.
En varios momentos del libro, el lector encontrará una atmósfera de soledad serena. No se trata de una soledad amarga, sino reflexiva: la del hombre que observa el paso del tiempo mientras reconstruye fragmentos de su propia existencia. Esa mirada introspectiva dota a los poemas de una honestidad poco frecuente, pues el autor escribe sin máscaras, consciente de las fragilidades que acompañan toda experiencia humana.
Hay también una música interior que sostiene el ritmo de estos textos. No es una musicalidad ornamental, sino orgánica, nacida del pulso emocional de cada imagen. Los poemas avanzan como una conversación íntima donde las pausas, los silencios y las evocaciones poseen tanto peso como las palabras mismas. Esa cadencia convierte la lectura en una experiencia cercana, casi confidencial.
La poesía de Edgar Jiménez Sarzosa dialoga con ciertas tradiciones de la lírica hispanoamericana que hicieron de la emoción un espacio de resistencia frente al desgaste del mundo. Sin embargo, su voz conserva una identidad propia: la de quien escribe desde la provincia de la memoria personal, desde las pequeñas ceremonias afectivas que construyen una vida. Allí radica buena parte de la autenticidad de este libro.
No es casual que muchos de estos poemas parezcan escritos desde la contemplación nocturna. Hay en ellos una constante sensación de penumbra, de habitaciones atravesadas por recuerdos, de cuerpos que sobreviven en la evocación. La noche, en esta obra, no simboliza únicamente la tristeza: también es refugio, intimidad y territorio para la revelación poética. Este libro confirma una voz que ha persistido silenciosamente durante años, lejos de estridencias y reconocimientos inmediatos. La poesía nace de una necesidad interior antes que de una estrategia literaria. Por eso sus versos conservan algo esencial: la sinceridad de quien escribe porque no puede evitar hacerlo, porque únicamente en el lenguaje encuentra una forma de comprender sus propias emociones.
Hay una bella conjunción entre la obra poética de Edgar Jiménez Sarzosa y la inmensidad plástica del Maestro Franklin Ballesteros González, su encuentro en este libro, nos plantea el eterno diálogo de quienes son y se proyectan en el arte. Cada verso, así como cada trazado nos dejan ver el profundo rastro de sus vidas.
Al finalizar estas páginas, quedan en el lector ciertas imágenes difíciles de abandonar: la memoria del cuerpo amado, la persistencia de la adolescencia, el resplandor del deseo y la melancolía de los días irrepetibles. Queda también la certeza de haber acompañado una voz auténtica, íntima y profundamente humana. Y acaso esa sea la mayor virtud de este libro: recordarnos que la poesía todavía puede nombrar aquello que la vida, con frecuencia, nos obliga a callar.
Miguelángel Rengifo Robayo
En la tierra del Volcán, algún olvido del mes de mayo de 2026.

